RELATO
EROTICO DE SEXO EN VIVO IRENE 18 AÑOS I Me masturbaba como una posesa y me dejaba arrastrar por la
avalancha de placer que el violento orgasmo me aportaba, quedando exhausta de
gozo despatarrada al borde de la silla
Cuando me paro a pensar en todo lo que me ha sucedido en estos últimos meses, y
en especial desde el día en que cumplí los 18 años, hace tan solo tres semanas,
casi no lo puedo creer. Me cuesta aceptar que he vivido todas esas experiencias,
que realmente he sido yo la protagonista de las mismas. Aunque lo que es
innegable es que mi vida ha dado un vuelco completo, que súbitamente, después de
ese corto, pero intenso período de tiempo, me he convertido en otra mujer. Sé
que nunca me atreveré a hablar de esos sucesos a ninguna persona de mi entorno.
Es demasiado fuerte e íntimo como para que algún conocido lo sepa nunca y por
supuesto, muchísimo menos, mis padres. Solo aquí, amparada por el anonimato
absoluto de Internet, me atrevo a confesarme y contarles mi historia a ustedes,
a los que imagino serán cientos, quizás miles, de desconocidos que me leerán.
Me llamo... bueno, digamos que me llamo Irene y soy una chica de un pequeño
pueblo de la costa mediterránea española. Físicamente diría que soy atractiva,
aunque bastante "normalita", sin ser en absoluto alguien con un cuerpo de
extraordinarias características: de piel clara y rostro ovalado, 1.65 de
estatura, delgada, 56 Kg., pelo largo castaño oscuro y ojos del mismo color.
Quizás si tuviera que destacar algo de mí diría que lo que más me satisface de
mi cuerpo son mis senos. Voluminosos y tersos, confieso que los encuentro
estéticamente hermosos y que en muchas ocasiones he permanecido desnuda largo
rato frente al espejo, observándolos, admirándolos, acariciándolos con suavidad
y saboreando la sensual sensación de notar los oscuros pezones endurecer y
ponerse erectos con la caricia de mis dedos, despertando con ello un particular
deseo que invade todo mi cuerpo y que la mayoría de las veces me empuja a
terminar masturbándome.
Desde niña viví sometida a la severa educación y estricta disciplina impuesta
por mis padres. Pero no quiero extenderme hablándoles de ellos. Pienso que, a
pesar de todo, no es correcto hablar mal o criticar públicamente a los padres,
los cuales nos dieron la vida y, probablemente, siempre lo hicieron todo
pensando que era lo más adecuado y conveniente para sus hijos. Solo apuntaré que
siendo la única hija de un matrimonio compuesto por un coronel del ejército y la
hija de un alto dirigente de un popular partido político de derechas, fervientes
católicos practicantes y un tanto extremistas en sus ideas, siempre debí
plegarme a gran cantidad de normas y exigencias.
Nunca tuve derecho a salir, a no ser que fuera con ellos, hasta más tarde de las
10 de la noche. Solo desde hace un año, cuando empecé a salir con Carlos, vecino
nuestro de toda la vida, de 19 años, hijo de un coman condón para seguidamente
meterme la verga sin mayor preámbulo, sacudirse dentro de mí durante un par de
minutos y vaciarse gruñendo como un cerdo. Rara vez sentí placer con Carlos y me
sobran dedos en una mano para contar los orgasmos que, durante ese año, me
proporcionó.
Otra cosa que también ignoraban mis padres de él es que tras dejarme en casa,
según me constaba y me confirmaron fuentes dignas de toda confianza, se iba cada
vez de juerga con sus amigos, a los que pavoneándose explicaba, el muy machote,
que venía de dejar a su novia en casa y bien follada... ¡pobre imbécil! Una
pandilla de niños pijos impresentables, todos hijitos de papá como él, con los
que se pone hasta arriba de coca, pastillas y alcohol. Recorren todos los
locales de moda, intentando ligar con todas las guarras que se les ponen a tiro,
y acaban en general en alguno de los muchos prostíbulos (o puticlubs , como los
llaman por aquí) que tanto abundan y éxito tienen por esta bonita región costera
española.
A mí me daba igual. Nunca estuve enamorada de ese idiota ni fue en Carlos en
quién busqué en ningún momento esa salida hacia la libertad que tanto ansiaba.
Salía con él una o dos veces por semana y le dejaba que me invitara al cine y a
cenar, y yo pasaba un rato divertido charlando y riendo con las novias de sus
amigos, con los que solíamos ir de copas y a bailar o acudir a conciertos.
Mi verdadera válvula de escape, mi jardín secreto, la ventana po
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r la que la mayoría de las noches me fugaba para vivir momentos de auténtica
evasión y libertad, era Internet. Camuflada detrás de un nick cualquiera, desde
la intimidad de mi cuarto, entraba en contacto con personas (sobre todo hombres,
pero también algunas veces con chicas) con las que mantenía conversaciones sin
límites ni tabúes, las cuales derivaban tarde o temprano hacía temas referentes
al sexo. La gran mayoría, todo hay que decirlo, conversaciones (y
correspondientes) carentes de interés alguno y cuyo único mérito era el
permitirme pasar un rato entretenido, para inmediatamente después olvidarlos.
Aunque no negaré que en ciertas ocasiones en que me sentía especialmente
excitada, por ejemplo, tras haber estado leyendo algún buen relato en esta
página, me dejaba llevar por la excitación y alimentaba mis fantasías con la
conversación para acabar masturbándome sentada frente a la pantalla. Me sacaba
las bragas, que para más morbo colocaba junto al teclado, y me hacía suaves
caricias sobre los labios de mi sexo y el clítoris con los dedos de mi mano
izquierda mientras que con la derecha seguía tecleando y manipulando el ratón,
hasta sentir el placer apoderarse de mí y mi coñito mojado. Entonces, poco a
poco, mis piernas se iban separando y mis dedos introduciendo en mi vagina, con
un rítmico movimiento que me volvía loca de placer e impedía seguir tecleando.
Me concentraba únicamente en las deliciosas sensaciones que mis dedos me
proporcionaban al penetrarme, en los mensajes que el salido de turno me seguía
escribiendo, e iba incrementando el ritmo del vaivén de mis dedos hasta tener
que colocarme un puño en la boca para amortiguar los gemidos que los ricos
orgasmos me arrancaban del fondo de la garganta.
Una de esas noches, estando en un canal de chat, entró en contacto conmigo
alguien que se identificaba como "Tony_40". Comenzamos a hablar y enseguida me
sentí a gusto con su conversación. Me cautivaban sus frases desenfadadas,
sutiles y divertidas, que construía sin utilizar vulgaridades ni atosigarme con
preguntas indiscretas, una conversación que denotaba madurez buscando ansiosa a
"Tony_40". Me volví completamente adicta a sus conversaciones, lo añoraba y
echaba de menos su compañía durante toda la jornada, la cual me pasaba deseando
impaciente que llegara la noche para aislarme en mi habitación e ir a su
encuentro. Me angustiaba la posibilidad de que algún imprevisto le impidiera
conectarse y me invadía una profunda emoción y enorme alegría al verlo aparecer
en mi lista de contactos conectados del MSN. A pesar de la diferencia de edad,
la compenetración era extraordinaria y me hacía sentir cosas maravillosas solo
con sus frases. Me contaba como había pasado el día entero también pensando en
mí, como me había convertido en el centro de todos sus pensamientos, de todos
sus deseos.
Me trataba siempre con cariño, me mimaba y halagaba, me hacía reír, no cesaba de
repetirme lo mucho que me deseaba, y me narraba con maravillosas frases las
sensuales caricias que soñaba poder prodigarme. Me hacía sentirme deseada y
adorada como nunca nadie me lo había hecho sentir. Y me excitaba. Durante esas
conversaciones experimenté los que hasta entonces habían sido los más intensos y
placenteros orgasmos. Me sentía permanentemente deseosa, húmeda, estando en su
compañía, y él a veces me confesaba también tener su sexo erecto y latiendo de
deseo por mí. Me describía con detalle como deseaba poder acariciar cada
centímetro de mi piel con sus manos, con su boca, con su pene...
Yo casi podía sentir las cosas que me escribía: el roce de sus manos sobre mi
piel, la caricia de sus dedos entre mis piernas, el calor de su boca en mis
pezones y la caliente humedad y suavidad de su lengua lamiendo mi sexo, y me
masturbaba introduciéndome casi con violencia dos, tres dedos en la vagina,
deseándolo, imaginando tenerlo tumbado sobre mí y follándome profundamente
mientras nuestras bocas fusionaban y nuestras lenguas se mezclaban en un
lujurioso beso. Me masturbaba como una posesa y me dejaba arrastrar por la
avalancha de placer que el violento orgasmo me aportaba, quedando exhausta de
gozo despatarrada al borde de la silla.
Cuando me corría se lo contaba, le explicaba el intenso placer que acababa de
sentir gracias a él, y él, a su vez, me decía que se estaba masturbando
imaginando tener mi
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cuerpo bajo el suyo y poseyéndolo. Yo le ayudaba a terminar detallándole como
soñaba con acoger en mi boca su pene erecto, con acariciarle los testículos
mientras mi lengua lamía su glande, como mis labios lo chupaban y después
abrazaban con fuerza y se frotaban contra el tronco duro y caliente de su polla,
tragándomela, mamándola con pasión hasta obligarla a derramar su néctar caliente
e inundarme la boca; hasta oírlo gemir, gritar de placer, del placer que mi boca
le proporcionaba.
Naturalmente, nos comunicamos nuestros números de móvil e intercambiábamos
multitud de mensajes sms durante el día. A menudo Antonio me los enviaba desde
el trabajo. Me contaba que le era imposible concentrarse en sus tareas y que no
hacía más que pensar en mí, que estaba tan excitado soñando conmigo que no iba a
tener más remedio que ir al baño a masturbarse para poder relajarse. Tal era el
deseo que transmitían esos mensajes que inmediatamente también a mí me
excitaban. Minutos después recibía un nuevo mensaje en el cual me decía que se
encontraba encerrado en el aseo masturbándose, pajeando su verga tiesa soñando
conmigo, que estaba al borde del éxtasis y que en cuestión de segundos
derramaría largos chorros de semen en mi honor, semen que imaginaba ver resbalar
por mi piel blanca nuestras vidas y de las cosas que nos preocupaban o sucedían
a diario. No había secretos entre nosotros. Yo le hablé muchas veces de lo
insoportable que se me hacía la intransigencia y disciplina extrema que me
imponían mis padres, así como lo insatisfecha que estaba con Carlos, al que cada
día soportaba menos y ya había llegado a casi odiar, a odiar el sonido
impertinente de su voz, sus estúpidas conversaciones vacías, su apestoso aliento
alcoholizado de fumador, y sobre todo odiaba cuando tenía que ceder al ritual de
la fornicación en la parte trasera del coche o en el sofá de su casa (cuando sus
padres estaban fuera y la casa vacía) donde me follaba sin miramientos como a
una perra mientras tenía puesto uno de sus dvd porno.
Antonio, que a su vez solía hablarme del estrés que padecía en su trabajo así
como de los problemas que seguía teniendo con su ex esposa, siempre me
recomendaba tranquilizarme e intentar ser paciente, y me recordaba que en unos
meses llegaría a la mayoría de edad y a partir de entonces sería completamente
libre de hacer lo que me viniera en gana, que podría independizarme, salir y ver
a quién quisiera y cuando quisiera, sin que nadie pudiera impedirme hacerlo ni
obligarme a nada que yo no deseara.
Las semanas fueron pasando y nuestra relación virtual se hacía día a día más
intensa, íntima y apasionada. He de reconocer que me sentía completamente
enamorada y dependiente de Antonio, obsesionada con él, con ese hombre con el
que compartía tantas cosas íntimas cada día, tanto cariño y placer. Ese hombre
virtual, al que nunca había visto. Pero no me hacía preguntas. Simplemente me
limitaba a vivir lo más intensamente posible esa relación que tanto me aportaba
en todos los sentidos y que estaba haciendo aflorar aspectos de mi persona y
deseos que nunca hubiera sospechado. Llegué incluso a entrar un día a un sex-shop,
superando no sé como la vergüenza, y comprarme unos vibradores de las
características que Antonio me había indicado cuando en una de nuestras
delirantes conversaciones había fantaseado con utilizar conmigo, teniéndome
atada a la cama y disponiendo a su voluntad de mi cuerpo, para prodigarle a su
antojo todo tipo de mimos y caricias eróticas, hacerme gritar de placer y sentir
intensos e interminables placeres.
Desde entonces los empecé a utilizar con gran placer, tanto cuando me masturbaba
sola en algún momento del día (en casa o fuera; siempre llevo uno en el bolso)
como durante nuestras conversaciones, cuando Antonio me pedía que dejara de
escribir e hiciera lo que él me iba indicando con sus mensajes. Por ejemplo, en
una ocasión (aún tengo grabada la conversación en mi PC) me pidió que cerrara
con llave la habitación y me desnudara por completo. Después me indicó como
debía acariciar mis senos, apretar y hacer rodar mis pezones entre las yemas de
mis dedos, al tiempo que con un suave movimiento de vaivén de mi cintura frotara
los inflamados labios de mi sexo contra la tela rugosa del asiento de la silla.
Yo obedecía con todo de
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talle y me sentía empapada y poseída por un irresistible deseo animal, me
sentía... ¡como una zorra viciosa! Tras esto me ordenó que permaneciendo sentada
como estaba adelantara un poco el trasero y subiera los pies sobre la mesa,
colocando uno a cada lado del teclado, para quedar así despatarrada y en una
obscena postura ¡que nunca antes me hubiera atrevido a adoptar!
Entonces prosiguió... «...ahora acaricia con tus dedos despacito tu vello púbico
e imagina que estoy postrado ante ti, arrodillado entre tus maravillosas piernas
y con mi cabeza hundid agitarse en tus entrañas, introduce un dedito en tu coño
y comienza a penetrarlo, despacito... ¿Notas como el placer comienza a
propagarse por todo tu cuerpo? Gimes gozosa con las caricias de mi lengua, la
cual te saborea con glotonería, queriendo impregnarse más y más de tu sabor,
insaciable de ti, mi diosa, y provocarte los más profundos y sentidos gemidos de
placer... Coge ahora el vibrador rosa y frótalo arriba y abajo sobre tu sexo,
sin penetrarlo... Me he puesto de pie frente a ti y restriego mi polla erecta
contra tu adorable coñito... siénteme, mi vida... Noto tus jugos empaparme la
verga al frotarla contra tu coño. ¡Qué inmenso placer, mi amor! Ahora
métetelo... Penetra tu sexo... introduce el glande de la polla artificial en tu
vagina, siente sus vibraciones y déjalo estimularte... empújalo poco a poco...
un poco más, mi cielo, más profundo... fóllate rápido, más rápido, más fuerte...
es mi polla erecta y pétrea de deseo la que te penetra, la que te posee, te
estoy follando duro, mi ángel, inclinado sobre ti, mi pene entra y sale de tu
cuerpo, poseyéndote con fuerza, con todo el peso de mi cuerpo, a un ritmo
infernal... »
Creo recordar que fue en ese momento de su monólogo cuando penetrándome a mi
misma, rápida y profundamente con el vibrador, exploté en un violento orgasmo,
que me arrancó tan intensos e irrefrenables gemidos que un minuto después oí a
mi madre llamar a la puerta y preguntarme preocupada si me encontraba bien, y a
la que no recuerdo que fue exactamente lo que respondí.
Noche tras noche compartíamos experiencias virtuales similares, siempre tan
intensas y rebosantes de sentimientos, placeres y emociones. Experiencias que
tanto deseaba poder llevar a la realidad que me masturbaba una y otra vez, hasta
cuatro o cinco veces por día, recordándolas e imaginando vivirlas con Antonio.
Como les decía, mi obsesión por ese hombre era absoluta.
Tan rápido pasaba el tiempo que casi sin darme cuenta se acercaba el día de mi
dieciocho aniversario. En mi cabeza se instaló el obsesivo e irresistible deseo
de ir al encuentro de Antonio, de conocerlo en persona y que pudiéramos
compartir y gozar juntos todas esas pasiones y placeres que habíamos soñado en
la distancia. Le hablé de ello y me dijo compartir ese anhelo con toda su alma;
que también el poder tenerme algún día en sus brazos, besar mis labios,
acariciar mi cuerpo, poseerlo y amarlo hasta sentirlo temblar de placer
constituía su más ansiado sueño.
Una semana antes de mi cumpleaños, nada más abrir los ojos un día al despertar,
tomé una irrevocable decisión: ese mismo día en que mi mayoría de edad sería un
hecho me largaría de mi pueblo, lo abandonaría todo y viajaría a Madrid para
reunirme con él.
(Continuará...) |